Para la mayoría de usuarios de software la única implicación de los términos “código abierto” y “software libre” no va más allá de la facilidad de acceso a determinadas aplicaciones. La verdad es que estos conceptos soportan toda una ideología y una estrategia de desarrollo de evidentes efectos en nuestra sociedad en términos globales. La idea ha trascendido ya el ámbito del software hacia otras áreas del desarrollo técnico, cultural y social. Desde que Netscape decidió liberar el código fuente de su navegador en 1998 y numerosas mejoras empezaron a circular por las redes en pocas horas, la tecnología y la civilización pisó el acelerador del progreso una vez más. Pero la motivación no es garantizar el acceso gratuito a la tecnología como un derecho fundamental. Si bien este podría ser también un objetivo loable y puede ser que figurara entre los objetivos de Richard Stallman, el hombre que ostenta el título de padre del movimiento por el software libre. Debemos aclarar que el software libre no supone una renuncia al negocio, si no más bien un cambio de modelo. Muchas empresas ofrecen ahora sus servicios a partir de software libre que siempre necesita, distribución configuración, administración y/o alguna personalización. También es cierto que algunas liberan sus aplicaciones pero se reservan determinados componentes de especial interés comercial como fuente de ingresos. Generar un código con idea de que sea abierto implica una mejora de la calidad por sí mismo. El hecho de que se haya de poder compartir y desarrollar por otras personas requiere un esfuerzo por parte de los autores, ahora convertidos en comunidad, que para beneficiarse mutuamente deben aprender y cumplir unas normas de estilo a la hora de generar código. La contrapartida puede ser un avance vertiginoso de la solución soportado por un ejército de contribuyentes voluntarios que aportarán como mejoras las funcionalidades que desarrollan para su propio uso. Un caso paradigmático podría ser “El software detrás del bosón de Higgs”. En el artículo publicado por el IEEE explica como todo el software necesario ha sido desarrollado por más de 1000 programadores, la mayoría de ellos también usuarios, con esta estrategia a partir también de herramientas de código abierto. Un ejemplo que resulta de dimensiones insignificantes si lo comparamos con otros proyectos como Android o Linux. Mecanismos con la licencia GNU GPL, BSD y otros, que entre diferentes modalidades permiten la reutilización, incluso comercial del software libre a partir de un reconocimiento expreso han facilitado la utilización por parte de la industria. Las administraciones tampoco se han quedado al margen. La Generalitat Valenciana por ejemplo además de un programa de implantación de software libre cuenta incluso con su propia distribución del sistema operativo Linux y aplicativo adjunto llamada Lliurex.

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